Palabra de hereje- Juan Antonio Alejandre y María Jesús Torquemada

La inquisición de Sevilla ante el delito de proposiciones
JUAN ANTONIO ALEJANDRE es Catedrático de Historia del Derecho y MARÍA JESÚS TORQUEMADA es Profesora Titular de Historia del Derecho, ambos en la Universidad Complutense. A lo largo de seis años han investigado ampliamente sobre la Inquisición sevillana. "El veneno de Dios. La Inquisición de Sevilla ante el delito de solicitación en confesión" (1994), "Osadías, vilezas y otros trajines. Estampas íntimas de la Inquisición" (1995), "Milagreros, libertinos e insensatos. Galería de reos de la Inquisición de Sevilla" (1997), "Esposas y amantes en el ámbito de la Inquisición" (1995), "Los secretarios o notarios del secreto en Sevilla desde comienzos del siglo XVIII" (1997) y "Las funciones tuitivas del Santo Oficio" (1998) son algunos de los títulos que uno y otro autor han dedicado al citado tema.
Para la Inquisición, como para el vulgo, en cuestiones de fe la frontera entre la ortodoxia y la heterodoxia era extraordinariamente sutil, y, en la duda, todo era susceptible de ser interpretado desde la perspectiva del delito. Así sucedía cuando un cristiano se pronunciaba en contra de cualquier artículo de fe constitutivo de la esencia de la Religión católica. Comprobar si en tales palabras o "proposiciones" existía herejía era competencia del Santo Oficio, pero el celo inquisitorial solía ir más lejos, puesto que incluso en expresiones claramente irreflexivas, fruto de la cólera, la edad el espíritu jocoso o la incultura, más que del propósito de contradecir la doctrina de la Iglesia, trató de encontrar la Inquisición EL matiz herético que hiciera posible la condena de quien así se hubiera manifestado. "Palabra de hereje" es un estudio sobre la Inquisición a través de su competencia sobre este tipo de delitos, pero es también un estudio sociológico de unos personajes, de un ambiente; de una cultura, que se sitúa en el distrito del Tribunal sevillano (sobre todo en Sevilla, Cádiz y Huelva) en la última etapa de una institución ya decadente, el siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, cuando su final se adivinaba inexorable.