Cal de Aragón, El - Adela Rubio y Santiago Blasco

Los Judíos aragoneses en SalónicaEn el s. XV, la judería de Zaragoza, que siempre fue la rnás numerosa de Aragón, contaba con cuatro sinagogas, distribuídas en el espacio comprendido hoy entre las calles del Coso, de don Jaime y Mayor. Como en el caso de la mayor parte de las otrora ricas y populosas aljamas aragonesas, sus orígenes posiblemente se remontaran a la don,inación romana.

En el s. XV, la judería de Zaragoza, que siempre fue la rnás numerosa de Aragón, contaba con cuatro sinagogas, distribuídas en el espacio comprendido hoy entre las calles del Coso, de don Jaime y Mayor. Como en el caso de la mayor parte de las otrora ricas y populosas aljamas aragonesas, sus orígenes posiblemente se remontaran a la don,inación romana.

En Aragón, los judíos fueron respetados y protegidos por la Corona, emparentaron con grandes familias de sonoros apellidos -recordemos los Santángel y los Cavallería, por ejemplo- y, en general, se vieron a salvo de los ataques y del clima de intolerancia que, contra los de su raza, impulsaron las predicaciones de San Vicente Ferrer y la política de conversiones forzosas del antipapa Benedicto XII I.

Siglos de fructífera convivencia pero también de forma muy destacada el talante noble y cívico de los aragoneses impidieron que nuestras juderías sufriesen abusos, hoy inconcebibles, de manos del populacho, como sucediera a comienzos de la centuria en ciudades de la Corona como Valencia o Barcelona. En Sevilla, los cronistas registran en estos años la escalofriante matanza de cuatro mil israelitas, que fueron pasados a cuchillo por los propios vecinos de la ciudad.

En retribución a una convivencia tantos años ejemplar, los judíos aragoneses nos legaron figuras tan notables como el gran poeta y filósofo Salomón Ben Gabirol, autor del Mac or Hayim (La fuente Je la vida), y la obra y el saber de tantos otros pensadores y hombres de letras que acudieron desde todos los puntos cardinales atraídos por la existencia tranquila que sus hermanos de raza podían llevar entre nosotros.

Por todo ello, puede suponerse el desgarro que supuso para Aragón el edicto de expulsión de los judíos de España, promulgado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492. Un cronista de la época, Andrés Bernáldez, describía así la salida de los judíos de la otrora hospitalaria Zaragoza: «Iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros moriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no oviese dolor de ellos...»

Muchos de aquellos aragoneses expulsados por sus creencias religiosas fueron, rodando, a establecerse en Salónica, donde fundaron la sinagoga de Me*ir Arama, regida por rabinos de apellidos aragoneses tan sonoros como Pardo o Cambríel. Muchos años más tarde, en 1915, el Dr. Abraham Salom Yahuda constataba corno especialmente interesante el caso de los descendientes de aquellos judíos aragoneses que, decía «hasta hoy se llaman con orgullo, saragosanos».

EL libro que ahora les ofrece Ibercaja, obra de Adela Rubio Calatayud y Santiago Blasco Sánchez, cuenta la historia del cal o barrio de Salónica en el que los judíos expulsados de nuestra tierra siguieron conservando el nombre de Aragón en lo más hondo de su corazón. Por encima de cualesquiera otros merecimientos, la obra tiene el indudable valor de arrojar algo de luz sobre un trozo nebuloso de nuestra historia que es, en realidad, una historia de amor no correspondido.

Espero que disfruten y se emocionen con la lectura de esta obra como me ha ocurrido a mí.

José Luid Martínez CandialEn retribución a una convivencia tantos años ejemplar, los judíos aragoneses nos legaron figuras tan notables como el gran poeta y filósofo Salomón Ben Gabirol, autor del Mac or Hayim (La fuente Je la vida), y la obra y el saber de tantos otros pensadores y hombres de letras que acudieron desde todos los puntos cardinales atraídos por la existencia tranquila que sus hermanos de raza podían llevar entre nosotros.

Por todo ello, puede suponerse el desgarro que supuso para Aragón el edicto de expulsión de los judíos de España, promulgado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492. Un cronista de la época, Andrés Bernáldez, describía así la salida de los judíos de la otrora hospitalaria Zaragoza: «Iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros moriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no oviese dolor de ellos...»

Muchos de aquellos aragoneses expulsados por sus creencias religiosas fueron, rodando, a establecerse en Salónica, donde fundaron la sinagoga de Me*ir Arama, regida por rabinos de apellidos aragoneses tan sonoros como Pardo o Cambríel. Muchos años más tarde, en 1915, el Dr. Abraham Salom Yahuda constataba corno especialmente interesante el caso de los descendientes de aquellos judíos aragoneses que, decía «hasta hoy se llaman con orgullo, saragosanos».

EL libro que ahora les ofrece Ibercaja, obra de Adela Rubio Calatayud y Santiago Blasco Sánchez, cuenta la historia del cal o barrio de Salónica en el que los judíos expulsados de nuestra tierra siguieron conservando el nombre de Aragón en lo más hondo de su corazón. Por encima de cualesquiera otros merecimientos, la obra tiene el indudable valor de arrojar algo de luz sobre un trozo nebuloso de nuestra historia que es, en realidad, una historia de amor no correspondido.

Espero que disfruten y se emocionen con la lectura de esta obra como me ha ocurrido a mí.

José Luid Martínez Candial