Morada de mis antepasados - Moisés Hasson

Una historia sefardí: De Monastir a Temuco

Moisés Hasson (Temuco, 1959) desciende de los pioneros sefardíes que dejaron atrás sus familias en Monastir (la actual Bitola, en la República de Macedonia) a fines del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, para emigrar a Chile y rehacer allí sus vidas.

Moisés Hasson (Temuco, 1959) desciende de los pioneros sefardíes que dejaron atrás sus familias en Monastir (la actual Bitola, en la República de Macedonia) a fines del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, para emigrar a Chile y rehacer allí sus vidas.

En Macedonia, la dominación otomana se mantuvo hasta fines de siglo XIX. A lo largo y ancho de ese vastísimo Imperio Otomano se formaron comunidades sefardíes ya desde los tiempos inmediatamente posteriores a la expulsión de España en 1492. Entre 1880 y 1912, la Macedonia eslava fue objeto de disputa entre Bulgaria y Serbia, quedando bajo soberanía de Serbia en 1912. Así se mantuvo tras concluir la Primera Guerra Mundial, cuando se formó Yugoslavia. En esa convulsa región, las condiciones de vida no eran fáciles  por entonces, y menos para los judíos, considerados para casi todo ciudadanos de segunda.

Chile se convirtió en el sueño dorado de la juventud sefardí macedonia. La antigua Santiago de Nueva Extremadura había crecido en demasía, de ahí que muchos de los nuevos inmigrados eligieran la sureña ciudad de Temuco, recién fundada el 24 de febrero de 1881 y con más expectativas de negocio.

En un entorno privilegiado, arrulladas por el río Cautín y cobijadas por el Cerro Ñielol, crecieron varias generaciones de sefardíes que durante años conservaron sus tradiciones y costumbres ancestrales en la inmensa e inexplorada región de la Araucanía, al sur del Biobío, territorio mapuche.

Los sefardíes de Monastir fueron deportados hacia Treblinka el 11 de marzo de 1943. Pero el alma de Monastir sigue latiendo en Chile.

El tránsito del Viejo al Nuevo Mundo y la pujanza de una nueva sociedad judía y sefardí en el Nuevo Mundo es lo que nos describe el autor a través de las vivencias familiares, en un deber de memoria típicamente judío: Zajor! (Deuteronomio / Devarim  25.17).

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