Refranes de los judíos Sefardíes - Enrique Saporta y Beja

Refranes de los judíos sefardíes de Salónica y otros sitios de Oriente recopilados por Enrique Saporta y Beja.

Creer que el refrán es sólo "un dicho agudo y sentencioso', un puñado de palabras precisas con un efecto final ingenioso o sorprendente, es a todas luces una consideración superficial y miope.
¿Qué es el refrán? Un trozo de verdad cotidiana, desnuda, objetiva y asequible; un trozo de filosofía pragmática y conveniente; una lección breve, desprendida y horizontal; una porción de psicología real; un retazo de sabiduría menor, de experiencia humana.

Creer que el refrán es sólo "un dicho agudo y sentencioso', un puñado de palabras precisas con un efecto final ingenioso o sorprendente, es a todas luces una consideración superficial y miope.
¿Qué es el refrán? Un trozo de verdad cotidiana, desnuda, objetiva y asequible; un trozo de filosofía pragmática y conveniente; una lección breve, desprendida y horizontal; una porción de psicología real; un retazo de sabiduría menor, de experiencia humana.
Algo cabal porque, en su forma mínima, es tesis, síntesis y antítesis; algo redondo y circulante, como una moneda valiosa pero gratuita; de uso común, que se pasea cada día entre las gentes vestido-según la ocasiónde imagen, de paradoja, de metáfora, ironía, prosopopeya, paralelismo, aliteración, similicadencia...
Pero ¿dónde nace el refrán?, ¿quién lo crea?, ¿dónde reside?... El refrán no nace del pueblo, sino que es el pueblo. No es un medio de expresión de éste, ni siquiera una consecuencia suya, es su propia voz, su identidad, su pensamiento, su naturaleza misma.
El refrán, por lo tanto, no es sapiencia popular, sino el pueblo, el hombre, la vida. Por esto los refranes no envejecen nunca, son siempre nuevos y vigentes, tan válidos hoy como ayer. Por esto, si los hay amargos, radicales, sonrientes, incómodos, vulgares, nostálgicos o generosos, es sencillamente porque los hombres - la vida tenemos momentos de todo eso. Sí, el refrán es vida. Por esto fustiga, enseña, critica, consuela, estimula, advierte o afea.
Sólo así, desde lo consecuente de esta óptica, se acierta a comprender la amorosa y desmedida devoción que Enrique Saporta y Beja ha mantenido toda su vida por los refranes de su pueblo. Desde niño, en aquella inolvidable Salónica donde naciera, Saporta viene recogiéndolos uno a uno, aquí y allá, año tras año, en mil caminos y circunstancias.
Para ello - y puesto que el refrán brota espontáneo, sin aviso, como el piropo o el suspiro -necesitó infinitas veces apostarse en las cuatro esquinas de las plazas, involucrarse en el trasiego diario de los mercados, sentarse con los viejos del lugar en la fresca blancura de sus patios (entre macetas de clavellinas, romero, geranios o albahaca) para hacerse depositario de algo que el tiempo irremisiblemente se llevará al olvido.
En esta apretada antología de dos mil quinientos refranes han quedado recogidos no sólo los esfuerzos de búsqueda y recolección de su autor, lo fervoroso de su quehacer, sino principalmente los rasgos más genuinos de la idiosincrasia sefardí. Porque en el trasfondo de estos refranes - casi todos ellos con recio cuño castellano - el lector verá el espíritu despierto, la gracia, la gravedad, la sutileza, el derrotismo o la picardía que testifican la legitimidad de su origen, la nobleza de su cuna hispana.
Un libro que, de espaldas a lo profundo y transcendente, tiene el encanto limpio, inmediato y agradecido de la sencillez.